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Jorge Sánchez Hernández, una biografía. Parte 2.


Trazando el sendero de la pintura


Continuamos con la segunda parte de la biografía de Jorge Sánchez Hernández en tres entregas. En este post puedes leer la primera parte de su historia.


Es de esperarse que cuando algún joven soñador le comunica a su familia que quiere ganarse la vida como pintor, la primera reacción de la familia sea de preocupación.


Vivir del arte es para muchos un "sueño guajiro". Especialmente, para la mayoría de las familias conservadoras de aquel entonces, el ser artista era mal visto. Los pintores tenían fama de bohemios, con el irremediable destino de morir de hambre, si alguna adicción no los azotaba antes.


Especialmente, cuando no hay antecedentes de artistas en la familia o con conocidos cercanos, aquel muchacho tendría que comenzar a picar piedra y a forjar su propio sendero.


De ilustrador comercial a pintor autodidacta


Los miembros de su familia, si no podían convencerlo de dejar su sueño, le insistirían entonces en buscar algo más comercial para poder ganarse la vida.


Así le entró Jorge al dibujo comercial para ilustrar anuncios publicitarios en los periódicos de la época. Empezó a trabajar en 1944, como dibujante en Publicidad Organizada, establecida en Paseo de la Reforma # 12, siendo el Sr. José Gómez de Anda el director del Departamento de Dibujo. Posteriormente, trabajó como dibujante en D.M. Nacional, fabricante de muebles de acero para oficina, en el local establecido en la calle de Bolívar # 24.


Qué sucedió entonces para que Jorge tomara la decisión de salirse del camino de la ilustración comercial y el dibujo técnico, y comenzara a trazar su propio sendero hacia la pintura? En esos tiempos ocurría en el extranjero la Segunda Guerra Mundial, pero debido a su condición de fragilidad, Jorge fue rechazado para los entrenamientos militares.


Quién puede decir en qué momento esa chispa de la pintura lo encendió para siempre, ya sin vuelta atrás. Así fue como Jorge Sánchez Hernández abandonó su carrera de ilustrador comercial e inició sus estudios de pintura tradicional.


Los maestros que lo guiaron


En 1946 Jorge Sánchez entró a la Academia de San Carlos. Ahí tuvo como maestros al pintor alemán Hubertus Von Reimer y al pintor italiano Carlo Monteverdi. Permaneció un tiempo muy corto, ya que, con tan sólo 20 años de edad, aventajó pronto a sus maestros.


Al año siguiente, tomó clases de acuarela con la Maestra Carmen Jiménez Labora, en Puebla, en donde aprendió el arte del retrato en miniatura sobre marfil.


Esta técnica clásica consistía en pintar punto por punto, con extremo cuidado y gran paciencia. Se hizo de placas de marfil procedentes de bolas de billar, que el mismo pulía con el fin de hacer retratos en miniatura a la acuarela, tal y como se pintaban en tiempos de los Reyes de Francia en los siglos XVII y XVIII.



Fueron muchas las piezas en miniatura que elaboró durante un período de doce años, de tal modo que en enero de 1950, montó una exposición en la “Joyería Gual”, ubicada en la Calle Francisco I. Madero, en el Centro Histórico de la Ciudad de México y le hicieron varios reportajes en revistas y en el cine.


Tiempo después, cerca de 1960, por miedo a perder su vista al forzar tanto sus ojos en los retratos miniaturas, decidió explorar formatos más grades.


De la miniatura al muralismo y al baile.


En otra de sus facetas, Jorge se dedicó al muralismo de interiores, pintando sobre tapiz de vinilo que luego se adhería a las paredes de casas particulares, hospitales y restaurantes. Los temas más populares de aquella época eran los paisajes estilo japonés, o trazar monocromáticos esbozos de los jardines del Palacio de Versalles, o paisajes de las ruinas de Roma y de los canales de Venecia.


Jorge dejó su etapa muralista después de una caída de la escalera que le inmovilizó por un cierto tiempo.


Su siguiente faceta estaría inspirada al estilo de Lautrec, pero dibujando bailadoras españolas en una Academia de Baile Flamenco. Sin embargo, tampoco duraría mucho tiempo en esta vía, tras tropezarse con un tapete al levantarse de la silla y ocasionarse una fractura.


Recordemos que Jorge tenía los huesos muy frágiles. Las constantes fracturas lo obligaban a guardar reposo. Eventualmente, al llegar a los treinta años de edad, se obligó a reconocer que su lugar estaría en un estudio frente al caballete.


Jorge Sánchez se ganaba la vida entre comisiones de retratos y dando clases particulares de pintura a principio de los años 1950. A pesar de estar fuera de todo riesgo posible de caídas, en este periodo enfermó de Hepatitis y no tuvo de otras más que encamarse. Durante su convalecencia, el artista nutrió su imaginario y se dedicó a leer y a dibujar, como haría desde siempre, cada vez que su cuerpo entraba en recuperación.


Un artista contra-vanguardista


En cuanto a las tendencias de pintura de aquella época, a Jorge Sánchez le tocaron “las Vanguardias". Muchos se preguntarán, por qué Jorge Sánchez Hernández no navegó en estas corrientes artísticas? Decía él que ninguna le convencía, porque cada vanguardia era en realidad una fragmentación de la pintura. Pintor que fuera “fauvista” le interesaba el color, quien era “abstracto” despreciaba el dibujo y la forma. Si, llegó a conocer en persona a varios artistas vanguardistas de la época, pero no compartiría sus búsquedas.


Maestros? Jorge Sánchez ya no buscaba maestros vivos. Optó por ser autodidacta y aprender de los libros, de las pinturas y de los museos.


Fue entonces, cuando las vanguardias atestaban con más fuerza el ámbito cultural, cuando Jorge Sánchez Hernández se impuso a revivir y continuar el arte barroco mexicano de los siglos XVII y XVIII. Nadie, o muy pocos que sepamos, se atrevieron a confrontar las vanguardias del arte moderno, usando como armas las técnicas casi olvidadas de los grandes maestros del siglo de oro de la pintura. Jorge Sánchez se consideraba a sí mismo un pintor barroco en el Siglo XX.


Jorge Sánchez Hernández nos contó que tomaría su más fuerte inspiración de los la pintura de los reinos de la Nueva España: con Cristóbal de Villalpando a la cabeza, seguido por Miguel Cabrera, Juan Correa, José de Ibarra, Juan Rodríguez Juárez y los Echave, entre otros, así como también del arte de los grandes retratistas del romanticismo clásico mexicano del siglo XIX, cuyos más destacados exponentes fueron Pelegrín Clavé, Juan Cordero, Santiago Rebull y José Salomé Piña.


Conocería las obras de aquellos artistas a través de las salas de la Pinacoteca de la Profesa, el Castillo de Chapultepec, el Munal, en otros museos e Iglesias que resguardaban las pinturas y, si no, a través de los libros laminados. Muchas veces tan sólo contaba con imágenes monocromáticas o impresas en baja calidad, y a partir de ahí él reconstruía en su mente como debería ser la imagen. Jorge buscaba en las Librerías del Viejo, ferias del libro y en donde podía para hacerse con su pequeña biblioteca de referencias visuales que lo acompañaría toda su vida. Muchas veces pedía a familiares, amigos y conocidos que, por favor, si encontraban algún libro de arte durante sus viajes a Europa, que por favor le compraran uno y luego él se los pagaría. No importaban que estuvieran en otro idioma, ya que Jorge les interpretaría con un lenguaje universal: a través de la imagen.


Sus nietos recordamos que cerca de su estudio siempre tuvo un librero que con el tiempo la madera se fue cayendo por el peso de los libros. En algunos de sus libros, incluso, hay manchas de pintura o se ven los trazos de lápices de colores, en los que se ve cómo Jorge trazó y usó estos referentes para muchas de sus pinturas.



Echando raíces


A sus treinta años, Jorge Sánchez Hernández se había ganado cierto reconocimiento y una posición económica estable. Obtenía sus primeras comisiones por clientes particulares y poco a poco se hacía de mecenas y coleccionistas. Ahora sí les estaba yendo bien, ganando renombre, y su familia por fin creía en su éxito. Ahora sí le echaban porras para continuar creciendo en su carrera de artista y le aconsejaban estudiar en el extranjero. Pero Jorge no quería dejar sola a su madre viuda, mientras que sus otros dos hermanos se ocupaban de sus propias familias y responsabilidades.


En 1958, a los 32 años de edad, conoce a Susana Pruneda, con quien se casaría seis meses después. A nosotros sus nietos nos contarían este memorable encuentro en casa de su amigo César Tort, el célebre compositor mexicano. César y su esposa Silvia estarían ofreciendo una fiesta en su casa. Susana era una de las amigas más queridas de Silvia desde la infancia. Silvia cuidaba con mucho cariño a Susana y se querían como hermanas. Es por eso que, cuando Jorge llegó a la fiesta con una acompañante, Silvia se encargó de distraer a la amiga y de presentarle a Jorge, en cambio, a Susana. Nuestra abuela había sido operada recientemente, y no se sentía en posición de conocer a nadie, pero Jorge no se separaría de ella a partir de ese momento. Es más: ni siquiera recordaría que había venido acompañado de alguien más aquél día.



Jorge y Susana tuvieron dos hijos: Susana Elena, la primogénita, nació justo al año de casados, un día después de su cumpleaños treinta y tres. Su hermano Jorge, llegó al año y ocho meses después.


Lo que más le preocupaba a Jorge, ahora que formaba una familia, es que tenía que pagar la renta. Así toma la decisión de adquirir una casa. Invirtió todos sus ahorros en un contrato privado de compra venta y posteriormente, terminó de pagar con un crédito hipotecario, con lo cual recibió las escrituras de su casa. Jorge Sánchez siempre recordará con gratitud que pudo vivir, mantener a su familia, y darle educación a sus hijos a través de lo que ganaba con su pintura.


Artes y artesanías el Bazar del Sábado


Crece su clientela particular cuando entra al Bazar del Sábado en San Ángel. Tenía mucho trabajo porque vendía a clientes extranjeros y nacionales lo que exponía cada semana.


De los temas más populares que vendía eran "Niños Antiguos", retratos de niños con vestimentas y paisajes de los siglos XVII, XVIII y XIX, en el ambiente de las Haciendas. A sus clientes les gustaba adornar con estas pinturas sus haciendas y ranchos, dentro y fuera del país. Es aquí donde Jorge desarrolla el estilo barroco, ideal para este tipo de pintura por lo inacabado y lo teatral.



Efectuaba estos cuadros sobre láminas de zinc y los firmaba cuadros con "J. Sánchez", muchas veces no les ponía el año de elaboración. No sabemos si a Jorge se le olvidaba fecharlos o si lo hacía a propósito, imitando a los artesanos de los exvotos de siglos pasados, para asemejar sus pinturas a estas imágenes coloniales. Muchas personas se nos han acercado en redes sociales, enviándonos fotografías de estas pinturas y preguntándonos si acaso serían de la mano de nuestro abuelo. Es difícil decir con certeza si Jorge Sánchez las pintó, ya que otros artesanos del Bazar del Sábado pronto comenzarían a realizar imitaciones.


Algunas de sus pinturas de "Niños Antiguos" tendrían una calidad exquisita, especialmente si habían sido comisionadas por familias de renombre. El cuidadoso detalle de retrato -recordemos sus tiempos con las miniaturas- y la textura de las telas y del encaje diferencia a estas pinturas de aquellas que serían copias de otros artesanos.



Un día sería especialmente memorable en la vida de Jorge Sánchez Hernández, cuando de golpe un pequeño latigueo tronó dentro de su oído. Él describe este momento como si de repente le hubieran bajado el volumen. Desde ese día, los sonidos de su alrededor se irían apagando hasta dejarlo completamente sordo.


Ahora, no sólo la fragilidad de sus huesos, sino la ausencia de sonido alrededor, lo dotarían de una enorme fuerza de luz y color para el proyecto que emprendería y que lo colocaría como uno de los grandes pintores neobarrocos mexicanos: La ilustración de la vida de Sor Juana Inés de la Cruz y de la historia de las apariciones de la Virgen de Guadalupe en el Nican Mopohua.


Próximamente, en nuestra siguiente entrega.


Escuchar el silencio y pintar la luz




 
 
 

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